

CereZón
Se suele decir de la gente buena que tienen un gran corazón; de los inteligentes, que ¡qué cabecita tienen! De mí, por suerte o por desgracia, no pueden decir ni la una ni la otra.
En realidad no es que no tenga estas cosas, (u órganos, como más gustéis llamarlos) si no que los míos son diferentes a los vuestros. Puede parecer presuntuoso, pero sí, os aseguro que lo mío es diferente. Y, ojo, que con esto no quiero decir que vuestros grandes corazones y cabecitas brillantes valgan menos, ¡faltaría más! Yo tengo ambas cosas pero de una manera distinta: mi corazón y mi cerebro no se pelean, son uno. Bailan a la par, sin pisarse el uno al otro. Aprendieron que dejarse fluir juntos y trabajar en equipo era mejor que intentar arrastrar al otro por la pista de baile al son de sus pasos.
Y os preguntaréis, “¿Cómo empezó esta fructífera relación?” Pues veréis, es algo curioso y complicado. Todo empezó el día que me di cuenta de lo frustrante que era tener que enfrentar cada día al corazón y al cerebro. Todos los días se libraba la batalla en el ring, buscando (supuestamente) el equilibrio en la balanza, pero ya sabemos que “nunca llueve a gusto de todos”. El equilibrio no llegaba, sino que unos días el que aguantaba más asaltos era el corazón y otros días era el cerebro. Esto dejaba al oponente derrotado por los suelos, ya que a nadie le gusta perder, y menos si se trata de la toma de decisiones.
Un día, cansada, decidí armarme de valor y arrancarme un poco de corazón triste y un trocito de cerebro enfadado. Decidí hacer como en las películas de toda la vida: les encerré bajo llave y les dije "Amigos, de aquí no os movéis hasta que lleguéis a un acuerdo.” Al cerrar con llave no se oía una mosca, hasta que empezaron los reproches. Se oyeron gritos, patadas, llantos, trastos volando y rompiéndose en mil pedazos... Cuando dejé de oír golpes y gritos abrí. Mis ojos no podían creer lo que estaban viendo. "¡Te has pasado quitando cerebro y te has quedado colgada, idiota!", fue lo primero que pensé... De ese zarrapastroso trozo de corazón y de esa parte maltrecha de cerebro no podía haber salido algo tan… ¿bonito?
¡Era una cereza! ¡Una enorme, brillante y jugosa cereza con ojos y boca! "Cómo has metido la pata", me dije a mi misma... “Tenías un cerebro y un corazón que, aunque eran raritos, eran. Ahora tienes una maldita cereza.” De pronto, descubrí que ese cerezón traía bajo el brazo una carta. No sabía si alegrarme o arrepentirme más aún, así que la leí para salir de dudas:
"Querida Arantxa,
Tras muchas peleas hemos llegado a la conclusión de que si los dos estábamos ahí encerrados, los dos tendríamos algo de culpa.
Entendemos que tener que decidir constantemente escuchar al uno o al otro debe ser duro y frustrante y que, al final, aunque uno de los dos ganemos, tú siempre pierdes, ya que una parte de ti queda derrotada y abatida. Tú no te mereces esto, así que hemos decidido ver unos cuantos tutoriales en YouTube para construir una máquina de combinación de ADN, como las de esas historias en las que, por alguna extraña razón, un tipo chiflado quiere convertirse en medio hombre – medio algo.
Queremos ser uno y estar en paz y sintonía. Así que, lo que salga de esa máquina, será lo que te acompañé el resto de tus días.
Suerte y saludos,
CERE(bro) y (cora)ZÓN, Cere Zón”.
Sí, señores, de aquí salió mi Cere Zón. Lo mejor de todo fue cuando se me ocurrió decirle “Bueno, ¡a ver dónde te meto yo ahora!” Me dejó bien claro que eso sería decisión suya. Tras dar unas cuantas vueltas como un perro desorientado, decidió que el lugar intermedio entre sus dos progenitores era, claramente, el hombro. Y ahí se sentó cual loro pirata para ayudarme a tomar decisiones, a veces sabias y a veces estúpidas.